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Bram Stoker: La Casa del Juez

La Casa del Juez


Cuando llegó la época de sus exámenes, Malcolm Malcomson se decidió de repente a marchar a un lugar retirado, con el fin de poder estudiar con tranquilidad. Temía la atracción de las poblaciones costeras y también el aislamiento completamente rural. De las primeras conocía sus encantos. Determinó, pues, buscar un pueblo sin pretensiones, donde nadie ni nada pudieran distraerle.

Como es natural, se abstuvo de preguntar acerca de nombres ni de lugares a sus amigos, puesto que todos le recomendarían con seguridad sitios ya conocidos por él. Y, lo que era peor, por aquéllos. Malcomson deseaba evitar las amistades, pues no quería que nadie le molestase en sus estudios. Por eso decidió buscar él mismo el lugar. Llenó una maleta con algunas prendas y todos los libros que necesitaba, y adquirió un billete para el primer nombre del horario de salidas que vio en la estación.

Cuando al cabo de un viaje de tres horas se apeó en Benchurch, sintióse satisfecho de haber borrado su rastro por completo y de hallarse en un sitio donde podría estudiar con toda tranquilidad. Luego dirigióse directamente a la única posada de aquella adormilada aldea, y se dispuso a pasar allí la noche. Benchurch era un pueblo con mercado, por lo que una vez cada tres semanas se veía sumamente atestado de gente, aunque el resto del mes resultaba tan vacía como un desierto.

Al día siguiente de su llegada, Malcolm empezó a buscar un alojamiento todavía más aislado que la posada, la cual se llamaba «Al buen viajero». Sólo una casa llamó su atención y satisfizo su idea de soledad: en realidad, soledad y quietud no eran los términos más apropiados para definirla, ya que el más adecuado seria desolación y no aislamiento. Era un edificio vetusto, decaído, de estilo jacobita, con pesados aleros y ventanas, usualmente pequeñas, más elevadas de lo normal en las demás casas del pueblo, muchas de las cuales estaban casi a ras del suelo, y rodeado por una tapia de construcción maciza.

Tras un examen más detenido, le pareció más una morada fortificada que una mansión ordinaria. Fue todo esto lo que más le gustó a Malcolm. "Aquí, pensó, tendré la verdadera oportunidad de estudiar. Aquí seré feliz. Si, ésta es la casa que andaba buscando"... Su alegría aumentó cuando supo, con certeza, que la casa no estaba habitada.

En Correos se enteró del nombre del agente, quien raras veces se veía sorprendido por una solicitud relativa a la vieja casona. El señor Carnford, el agente y abogado local, era un caballero de cierta edad, que confesó encantado que hacia mucho tiempo que nadie deseaba alquilar aquella mansión.

—A decir verdad —añadió—, habría llegado, en favor de sus propietarios, a alquilarla gratis al menos durante un año, con el fin de que la gente se acostumbrase a verla habitada. Lleva tanto tiempo vacía, que se ha creado incluso cierto prejuicio. Es posible que su ocupación lo destruya..., aunque esté ocupada —agregó con una tímida mirada al aspecto de Malcolm— por un sabio como usted, que desea calma y tranquilidad para sus estudios.

Malcolm juzgó innecesario preguntarle al agente cuál era el prejuicio... Sabia que conseguiría mejores informes respecto al tema, si los precisaba, por boca de otras personas. Abonó tres meses de renta, se guardó el recibo, y anotó el nombre de una mujer que seguramente haría las faenas de la casa. Luego, se marchó con las llaves en el bolsillo.

Se dirigió en busca de la patrona de la posada, persona muy amable y simpática. y le pidió consejo sobre las tiendas y las provisiones que podría necesitar. Ella levantó las manos hacia el techo cuando él le contó adónde iba a alojarse.

—¡No en la Casa del Juez! —exclamó aterrada.

Malcolm le explicó las ventajas de aquella casa para él, añadiendo que ignoraba su nombre. Cuando terminó su exposición, ella le contestó:

—Si, seguro..., seguro que es la misma. Seguro que es la Casa del Juez.

Malcolm le preguntó gentilmente qué pasaba con semejante lugar, por qué le llamaban de aquel modo y qué tenían en contra del mismo.

La mujer respondió que así llamaban a la casa porque muchos años antes (ignoraba cuánto tiempo, puesto que ella era de otra parte del país, aunque pensaba que se trataba de más de cien años) había sido la morada de un juez a quien todos temían a causa de sus terribles sentencias y su hostilidad a los presos. Respecto a lo que hubiera en contra de la casa, lo ignoraba también. A menudo lo había preguntado, pero nadie le habla informado; aunque existía la impresión general de un "algo". Por su parte, ni por todo el dinero del Banco de Drinkwater permanecería una sola hora en aquella casa. Después, se disculpó con Malcolm por aburrirle con su charla.

—Opino —concluyó diciendo— que, para un joven caballero como usted, no es bueno que viva allí tan solo. Si usted fuera mi hijo, y perdóneme por decirle tal cosa, no dormiría allí esta noche, ni ninguna, claro. aunque tuviese que ir en persona a tocar la señal de alarma que hay en el tejado.

La buena mujer estaba tan preocupada, y era tan amable en sus intenciones, que Malcolm, aunque interiormente divertido, sintióse emocionado. así, respondió que le agradecía sus buenas intenciones y añadió:

—Mi querida señora Witham, no tiene por qué preocuparse por mí. Un hombre que estudia matemáticas superiores no tiene tiempo para ocuparse de cosas misteriosas. Su tarea es demasiado exacta y meticulosa y también prosaica para permitir que ningún rincón de su cerebro se dedique a especulaciones misteriosas de cualquier clase. Las progresiones armónicas, las permutaciones y las combinaciones, aparte de las funciones elípticas, ya suponen bastante misterio para mi —agregó riendo.

La señora Witham se ofreció para adquirir cuanto él necesitase, y Malcolm se marchó a visitar a la mujer de faenas recomendada por el agente.

Cuando volvió con ella a la Casa del Juez, al cabo de dos horas, vio que la señora Witham ya le aguardaba con varios hombres y chicos portadores de bultos y paquetes, así como el mozo de un tapicero que llevaba una cama en una carreta, pues, según dijo la mujer, aunque las sillas y las mesas estuviesen en buen estado, una cama que no se había aireado en más de cincuenta años, no era lugar apropiado para unos huesos juveniles. Evidentemente, la señora Witham tenía curiosidad por visitar el interior de la casa, y aunque era manifiesto que temía «algo», pues al menor ruido se agarraba fuertemente a Malcolm, de quien no se apartaba ni un solo instante, examinó todo el lugar.

Tras la visita a la casa, Malcolm decidió instalarse en el inmenso comedor, que podía satisfacer todas sus necesidades; y la señora Witham, con la ayuda de la señora Dempster, que así se llamaba la «interina», procedió a efectuar los arreglos necesarios. Cuando hubieron desenvuelto y vaciado todas las cajas, Malcolm comprendió que la señora Witham había sido previsora en extremo, pues las provisiones al menos eran para una semana. Antes de marcharse, ella le deseó mucha suerte. Y ya en la puerta se volvió y le espetó:

—Tal vez, señor, el comedor resulte excesivamente grande para usted, y además, habrá quizá corrientes de aire, por lo que sería conveniente que instalara alrededor de su cama, al menos por las noches, una cosa de esas que se llaman... biombos; aunque, a decir verdad, antes me moriría que estar encerrada dentro de uno de esos objetos, con todas esas cosas... que asoman la cabeza por todas partes... incluso por arriba... podrían mirarme...

El panorama que ella misma acababa de evocar fue demasiado para sus nervios, y huyó velozmente de allí.

La señora Dempster resopló con aires de superioridad cuando desapareció la otra mujer, y observó que por su parte no temía a ningún duende del reino.

—Le diré una cosa, señor —continuó—: los duendes son muchas cosas, muchas... menos duendes. Ratas y ratones, y también avispas o cucarachas; puertas que crujen, tejas sueltas, vidrios rotos, manijas y tiradores flojos en las cómodas... que a veces caen por la noche. Fíjese en el artesonado de esta habitación. ¡Tiene unos cien años de antigüedad! ¡Imagínese las ratas y cucarachas que habrá ahí dentro! Y usted no ve nada. Las ratas son los duendes, se lo aseguro, y los duendes son las ratas. ¡Y no crea otra cosa!

—Señora Dempster —replicó Malcolm con gravedad, con una ligera inclinación cortés—, sabe usted más que un sabio auténtico. Y permítame decirle, como signo de estimación hacia su indudable bondad de corazón y buen juicio, que cuando yo me vaya, le cederé la posesión de esta casa, donde podrá usted vivir al menos dos meses, puesto que la he alquilado por tres y a mi me bastará para mis estudios con cuatro semanas a lo sumo.

—Muchas gracias, señor —repuso ella—, pero no podría dormir ni una sola noche fuera de mi propio lugar. Yo vivo en la Greenshow's Charity, y si durmiera una sola noche fuera de mi habitación, la perdería. En esa casa de beneficencia las reglas son muy estrictas; y hay demasiadas personas que aguardan una vacante para arriesgarme a perder mi cama. Aunque le aseguro, señor, que me encantará servirle en cuanto sea menester durante su estancia aquí.

—Mi buena mujer —observó Malcolm rápidamente—, he venido aquí en busca de soledad y aislamiento, y créame que le estoy agradecido al difunto Greenshow por haber organizado una casa de beneficencia de forma tan admirable, pues de este modo me veo frustrado en la oportunidad de experimentar esta forma de tentación. El mismo San Antonio no habría podido ser más rígido en este punto.

—Ah, ustedes los jóvenes —rió la mujer—, no temen nada, y estoy segura de que aquí logrará gozar de la soledad que tanto anhela.

Tras estas palabras se dedicó a sus quehaceres domésticos, y al atardecer, Malcolm regresó de un paseo (siempre iba provisto de uno de sus libros cuando salía), encontrando el comedor barrido y fregado, el fuego en el hogar de la chimenea, la lámpara encendida, y la mesa dispuesta para la cena con los excelentes víveres adquiridos por la señora Witham.

—¡Bravo! —exclamó Malcolm, restregándose las manos—. Esto es comodidad.

Cuando terminó de cenar, llevó la bandeja al otro extremo de la inmensa mesa, cogió de nuevo los libros, añadió leña al fuego, redujo la luz de la lámpara y se dispuso a estudiar profundamente. Continuó sin descanso hasta las once, momento en que volvió a avivar el fuego y reanimar la mortecina lámpara, mientras se hacía una taza de té. Siempre había sido bebedor de té, y durante su vida universitaria había gustado todas las noches de una taza antes de acostarse.

Aquel descanso fue un gran lujo que disfrutó con una sensación de voluptuosa delicia. El reanimado fuego chisporroteó y llameó alegremente, produciendo enormes sombras en la vasta estancia. Mientras tomaba el té soñó con el sentido de aislamiento que más le gustaba. Fue entonces cuando observó por vez primera el ruido que hacían las ratas.

«Seguramente, se dijo, no lo han hecho mientras estudiaba, de lo contrario me habría fijado.»

Cuando el ruido fue en aumento, estuvo seguro de que acababa de empezar. Era evi4ente que las ratas se habían asustado ante la presencia de un desconocido, ante la luz del fuego y la lámpara; mas con el paso de las horas había aumentado su osadía y ahora disfrutaban de su ocupación favorita.

¡Qué atareadas estaban! ¡Qué ruidos más extraños! Arriba y abajo por dentro del artesonado, por el techo y bajo el suelo, correteaban a más y mejor, royendo, arañando... Malcolm sonrió al recordar las palabras de la señora Dempster: "¡Las ratas son los duendes, se lo aseguro, y los duendes son las ratas!".

El té empezaba ya a ejercer su estimulo intelectual y nervioso, y Malcolm previó con alegría otras largas horas de trabajo antes de dar por terminada la jornada. Con el sentido de seguridad que aquel brebaje le daba, se permitió echar un buen vistazo a la habitación. Cogió la lámpara con una mano y dio una vuelta, preguntándose por qué una casa tan estupenda y antigua estaba tan descuidada. El labrado del roble en las tallas del artesonado era excelente, y todas las puertas y ventanas poseían gran mérito. En los muros habla algunos cuadros antiguos, aunque estaban tan polvorientos y sucios que era imposible distinguir el menor detalle, a pesar de levantar la lámpara cuanto la longitud de su brazo le permitió. Aquí y allá habla algún agujero o grieta taponado momentáneamente por el morro de una rata, con sus brillantes ojillos relucientes a la luz, pero al instante desaparecían, sucediéndose entonces un correteo y un chillido.

Lo que más le asombró, no obstante, fue el cordón de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un extremo de la habitación, aliado derecho de la chimenea. Malcolm acercó un sillón al caliente hogar y sentóse para saborear una última taza de té. Poco después atizó el fuego y prosiguió con su trabajo, sentado a una esquina de la mesa con el fuego a su izquierda. Durante un rato, las ratas le molestaron con sus constantes correrías, pero se acostumbró a aquel ruido lo mismo que la gente se acostumbra al tictac de un reloj o al rumor del agua corriente; tan inmerso estaba al fin en su estudio que todo lo del mundo, excepto el problema que trataba de solucionar, no existía para él.

De pronto, levantó la cabeza, con el problema aún sin resolver, intuyendo en el aire aquella sensación de la hora que precede al amanecer, tan temible para una vida que se extingue. El ruido de las ratas había cesado. Bien, a él le pareció que había cesado recientemente. Y fue el cese de todo ruido lo que más le había perturbado.

El fuego estaba muy bajo, aunque todavía dejaba esparcir un débil resplandor rojizo. Al levantar la cabeza, Malcolm se estremeció a pesar de su sangfroid.

Encima del enorme sillón de roble tallado, colocado en el lado derecho de la chimenea, habla una rata enorme, que le contemplaba fijamente con ojillos llenos de odio. Malcolm hizo un ademán para ahuyentarla, pero la rata no se movió. Luego, fingió tirarle algo. La rata siguió inmóvil, aunque enseñó sus puntiagudos dientes, y sus crueles ojillos brillaron a la luz de la lámpara con mayor odio aún.

Malcolm sintióse aturdido, y cogiendo el atizador de la chimenea se aprestó a matar al animal. Sin embargo, antes de que pudiese golpearlo, la rata, con un chillido que pareció toda la concentración de su odio, saltó al suelo y trepando por el cordón de la campana de alarma desapareció en la oscuridad, más allá del alcance del cono de luz de la lámpara de pantalla verde. Instantáneamente, y de manera muy extraña, las ratas del artesonado volvieron a reanudar sus ruidos.

Por entonces el cerebro de Malcolm no estaba ya concentrado en el problema de matemáticas, y como el canto del gallo le anunció que estaba amaneciendo, se fue a la cama, donde no tardó en dormirse.

Dormía de manera tan profunda, que ni siquiera se despertó cuando la señora Dempster entró en la habitación. Sólo cuando ella hubo barrido, tuvo listo el desayuno y tabaleó sobre el biombo que encerraba la cama, despertó Malcolm. Estaba un poco cansado por la noche de trabajo tan duro, pero la taza de té cargado le refrescó y despabiló, por lo que, cogiendo el libro, salió a dar un paseo matutino, llevándose unos bocadillos puesto que no pensaba regresar hasta la hora de cenar.

Encontró un sendero desierto entre unos olmos, fuera de la población, y allí pasó la mayor parte del día estudiando su Laplace. Al regreso entró en la posada para saludar a la señora Witham y agradecerle todas las molestias que se había tomado. Cuando ella le vio a través de la cristalera de su despachito, se apresuró a salir para darle la bienvenida. Luego le miró fijamente, con ojos escrutadores, sacudió la cabeza y exclamó:

—Trabaja usted demasiado. Está muy pálido esta mañana. Se acuesta muy tarde y su cerebro se fatiga en exceso, y esto no es bueno para ningún joven. Dígame, ¿qué tal ha pasado la noche? Supongo que bien, claro. Pero, le aseguro, señor, que me alegré cuando la señora Dempster me contó esta mañana que cuando ella lleg6 a su casa, usted dormía como un leño.

—Oh, lo he pasado muy bien —repuso él, sonriendo—. Ese «algo» todavía no me ha molestado. Sólo las ratas, y se lo aseguro que corren por todas partes. Vi una que parecía un verdadero diablo, sentada en mi sillón de la chimenea, y no huyó hasta que la amenacé con el atizador. Entonces, trepó por el cordón de la campana de alarma y se metió por la pared o el techo... No pude verlo bien pues aquello estaba muy oscuro.

—¡Dios se apiade de nosotros! —se asustó la señora Witham—. ¡Un diablo sentado en su sillón de la chimenea! ¡Tenga cuidado, señor, tenga cuidado! Los rumores siempre tienen algo de verdad.

— ¿ Qué quiere decir? Le aseguro que no la comprendo.

—¡Un diablo...! Ah, quizás el demonio... No, no se ría, señor —añadió la buena mujer, puesto que Malcolm había prorrumpido en una estrepitosa carcajada—. Los jóvenes siempre se ríen de lo que estremece a los viejos. Ah, no importa, señor, no importa, y ojalá pueda usted seguir riendo toda la vida. ¡Es lo único que realmente le deseo!

La patrona de la posada, por unos instantes, gozó con las risas de Malcolm, olvidando momentáneamente sus temores.

—Oh, perdone —dijo de pronto el joven estudiante—. No crea que soy un necio, pero sus palabras me hicieron reír... ¡Vamos, creer que el diablo en persona estuvo anoche sentado en mi sillón de la chimenea...!

Ante tal pensamiento, el joven volvió a reír. Después, se marchó a su casa para cenar.

Aquella noche, las ratas empezaron a hacer ruido mucho más temprano; en realidad, lo hacían ya antes de su llegada, y sólo cesó cuando hizo su entrada como si su presencia las molestase. Después de cenar, Malcolm sentóse unos momentos ante el fuego para fumar un cigarrillo; y después, tras quitar los platos y la bandeja de la mesa, empezó a estudiar nuevamente.

Aquella noche, las ratas le molestaron más que la anterior. ¡Cómo correteaban y roían arriba y abajo, abajo y arriba! ¡Cómo chillaban, cómo arañaban, cómo roían! Tomándose más atrevidas por momentos, se asomaban por los agujeros del artesonado, por las grietas, por los resquicios, por las ensambladuras, y sus ojillos relucían como luciérnagas cuando las llamas de la chimenea se elevaban y decaían. Sin embargo, para Malcolm, sin duda ya acostumbrado a ello, aquellos ojillos no eran malvados, y los juegos rateriles más bien le conmovían. A veces, las más atrevidas saltaban al suelo o corrían por las molduras del techo. De cuando en cuando, si le molestaban con exceso, Malcolm hacía algún ruido para asustarlas, golpeando la mesa con una mano o siseando, con lo cual todas regresaban despavoridas a sus escondrijos.

Así transcurrió la primera parte de aquella noche, y a pesar del ruido, Malcolm logró absorberse por completo en su trabajo.

De pronto, levantó la cabeza, como la noche anterior, casi abrumado por el súbito silencio. No se oía el menor ruido, el menor arañazo, el menor chillido. Reinaba un silencio de tumba. Malcolm se acordó de lo ocurrido la noche anterior e instintivamente miró hacia el sillón que estaba junto a la chimenea. Entonces se vio sobrecogido por una extraña sensación.

Sentada en el sillón de madera de roble se hallaba la misma rata enorme, contemplándole fijamente con sus odiosos ojillos.

Instintivamente, el joven cogió lo que más a mano tenia, un libro de logaritmos, y se lo arrojó. El libro no estuvo bien apuntado y la rata no se movió, de modo que Malcolm repitió la operación de la noche anterior con el atizador; la rata, al verse de nuevo perseguida de cerca, trepó por la cuerda de la campana de alarma. Cosa extraña: su marcha fue seguida instantáneamente por la reanudación de los ruidos a cargo de la comunidad rateril.

En esta ocasión, como en la anterior, Malcolm no logró distinguir por dónde había desaparecido la rata, pues la pantalla verde de la lámpara dejaba en tinieblas la parte alta de la estancia, y el fuego estaba bastante bajo.

Cuando consultó su reloj, MaIcolm vio que era casi medianoche; y sin lamentar el divertissement, atizó el fuego y sirvióse su té nocturno. Había trabajado mucho y pensó que tenía derecho a un cigarrillo de modo que tomó asiento en el sillón, delante del fuego, dispuesto a gozar del humo del tabaco.

Mientras fumaba empezó a pensar que le gustaría saber por dónde había desaparecido el animal puesto que tenía cierta idea para el día siguiente, relacionada con una trampa para ratas. De acuerdo con su idea, encendió otra lámpara y la colocó de modo que iluminara bien el rincón de la derecha de la chimenea. Luego, reunió todos sus libros y los colocó cerca de su alcance, para poder arrojarlos contra el roedor. Finalmente, levantó la cuerda de la campana de alarma y dejó su extremo encima de la mesa, fijándose debajo de la lámpara verde. Al manejarla, observó que era muy flexible y muy fuerte, aparte de no estar desgastada ni raída en absoluto.

"Sería posible colgar a un hombre con esto.., pensó"
Terminados los preparativos, miró a su alrededor y se dijo muy complacido: 

"Y ahora, amiguita, creo que esta vez sabré tu secreto".

Se absorbió de nuevo en sus problemas, y aunque al principio le molestó algo el ruido de las ratas, no tardó en quedar sumido en sus proposiciones y problemas matemáticos.

Otra vez se vio arrancado de sus estudios de manera repentina. No era ya solamente el profundo silencio que le rodeaba lo que le había distraído, sino un leve movimiento de la cuerda, que hacía oscilar la lámpara.

Sin moverse, levantó la vista para ver si el montón de libros estaba a su alcance, y paseó la mirada a lo largo de la cuerda. 

Entonces vio cómo la rata saltaba de la cuerda al sillón, y permanecía sentada, observándole. Malcolm levantó un libro con la mano derecha, y apuntando cuidadosamente, se lo tiró a la rata. Esta, con un rápido movimiento, saltó a un lado y esquivó el proyectil. Entonces, el joven cogió otro volumen, y un tercero, y los arrojó uno tras otro contra el roedor, siempre sin fortuna. Al fin, al levantarse con un cuarto libro en la mano, la rata chilló y pareció asustada.

Esto hizo que Malcolm deseara más que nunca tirarle el libro, que esta vez golpeó a la rata con un ruido sordo. El animal chilló horriblemente, y lanzando contra su enemigo una espantosa mirada malévola, corrió por el respaldo del sillón y dio un enorme salto hacia la cuerda, trepando por ella como el rayo. La lámpara se balanceó bajo aquel súbito impulso, mas como era muy pesada, no volvió. Malcolm mantuvo sus ojos fijos en la rata, y a la luz de la segunda lámpara vio que aquélla saltaba hacia una moldura del artesonado y desaparecía por un agujero de uno de los grandes cuadros que colgaban del muro, oscurecidos, invisibles bajo la capa de mugre y polvo.

—Por la mañana buscaré la guarida de mi amiguita —murmuró el estudiante, recogiendo sus libros—. El tercer cuadro a partir de la chimenea. No lo olvidaré.

Iba cogiendo los libros uno a uno, comentando sus títulos al levantarlos.

—Secciones cónicas no le ha hecho nada, ni Oscilaciones cicloidales, ni los Principios, ni Cuaternarias ni la Termodinámica. ¡Ah, este es el libro que la obligó a huir!

Malcolm lo cogió y lo miro. Fue entonces cuando sufrió un terrible sobresalto y por su rostro se extendió una súbita palidez. Miró asustado a su alrededor y tembló ligeramente, al tiempo que murmuraba:

—¡Dios mío! ¡La Biblia que me dio mi madre! ¡Qué extraña coincidencia!

Sentóse de nuevo a estudiar, y las ratas reanudaron sus juegos. No le molestaban, sin embargo; al contrario, su presencia parecía hacerle compañía. No obstante, se vio incapaz de concentrarse en su trabajo, y tras luchar un rato con uno de los problemas, cerró el libro con desesperación y se marchó a la cama, en el momento en que por la ventana penetraban las primeras luces del alba.

Durmió pesadamente, aunque con inquietud, y soñó mucho. Cuando la señora Dempster le despertó ya algo tarde, Malcolm parecía algo enfermo, y durante unos instantes no recordó exactamente dónde estaba. Su primera petición sobresaltó a la señora Dempster.

—Señora Dempster, mientras yo esté hoy fuera, quisiera que limpiara completamente, lo mejor posible, esos cuadros..., especialmente el tercero después de la chimenea. Quiero ver qué representan.

Por la tarde, Malcolm estuvo ocupado con unos libros en el sendero de los olmos, y a medida que transcurría el día iba sintiéndose tan calmado y contento como el día anterior, progresando de modo satisfactorio en sus estudios. Consiguió resolver algunos de los problemas que más le preocupaban, y cuando visitó a la señora Witham en la posada, lo hizo en un estado de júbilo.

En el comedor, junto con la dueña, encontró a un forastero, a quien aquélla le presentó como el «doctor Thomhill». La mujer parecía algo angustiada, y esto, combinado con las preguntas que el doctor Thomhill no tardó en dirigirle al joven, hicieron que éste llegara a la conclusión de que su presencia allí no era casual.

—Doctor Thomhill —exclamó Malcolm de pronto, sin más preámbulos—, contestaré de buen grado a sus preguntas si antes responde usted a una mía.

El doctor pareció sorprendido, pero sonrió y repuso al momento:

—De acuerdo. ¿De qué se trata?

—¿Le ha pedido la señora Witham que viniera a verme y aconsejarme?

El doctor Thomhill permaneció un instante como cortado, y la señora Witham enrojeció y se retiró al instante. Pero el doctor era un hombre leal y sincero, y respondió francamente:

—Efectivamente, aunque no quería que usted lo supiera. Supongo que mis preguntas tan apresuradas se lo han hecho sospechar. La señora Witham me dijo que no le gustaba la idea de que viviera usted solo en aquella casa, y además cree que toma usted el té demasiado fuerte y en cantidades excesivas. En realidad, desea que le aconseje que tome menos té, y se acueste más temprano. También yo fui estudiante, por lo que supongo que puedo tomarme la libertad, en mi calidad de colega suyo, de aconsejarle en estos términos, y no como si fuese un desconocido.

Malcolm sonrió alegremente y extendió la mano.

—¡Chóquela!, como dicen en América —exclamó—. Le agradezco su franqueza, y también la amabilidad de la señora Witham, que merece algo de mi parte. Bien, prometo no tomar más té fuerte... En realidad, ni fuerte ni flojo. Y que me acostaré todas las noches a la una como más tarde. ¿De acuerdo?
—¡Magnífico! —dijo el doctor Thornhill—. Y ahora, cuénteme qué ha observado en aquella casona. 

Malcolm pasó entonces a relatar minuciosamente todo lo ocurrido en las dos noches precedentes. De vez en cuando se veía interrumpido por una exclamación de la señora Witham, que había vuelto al comedor. Cuando finalmente él relató lo referente a la Biblia arrojada a la rata, estuvo a punto de desmayarse, y no se recobró hasta haberse tomado una copa de coñac y agua. El doctor Thornhill escuchaba el relato con suma gravedad, y cuando el joven terminó y la señora Witham se hubo recuperado por completo, preguntó:

—La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma, ¿verdad?

—Siempre.

—Supongo que ya sabe —musitó el doctor tras una pausa— qué es esa cuerda.

—No.

—Es —explicó lentamente el doctor— la cuerda que el verdugo usaba para todas las victimas del rencor judicial del Juez.

Se vio interrumpido por otro grito de la señora Witham, y tuvieron que tomar varias medidas, entre ellas otra copa de coñac, para reanimarla. Tras consultar Malcolm su reloj, viendo ya que era la hora de cenar, se marchó a su casa antes de que la buena mujer se recobrase del susto.

Cuando se recobró, la dueña de la posada asaltó al doctor con toda clase de preguntas, acusándole además de imbuir ideas estúpidas en la mente de Malcolm.

—¡Con lo que le ocurre ya tiene bastante para inquietarse! —añadió.

—Mi querida señora —replicó serenamente el doctor—, se lo dije con un propósito definido. Deseaba llamar su atención hacia la cuerda de la campana. Es posible que ese joven esté un poco excitado y que haya estudiado demasiado. Aunque diría que es un muchacho sano, tanto mental como físicamente, no me gustaron sus explicaciones sobre los episodios de la rata y la sugerencia diabólica —el doctor movió la cabeza y continuó—. Me habría ofrecido a pasar esta noche en su casa, pero creo que lo habría considerado como una ofensa. Es posible que esta noche sufra un gran susto o una alucinación, y en ese caso puede tirar de la cuerda. De este modo nos avisará y llegaremos a su lado antes de que le suceda nada. Esta noche estaré levantado hasta muy tarde y mantendré bien abiertos los oídos. No se alarme si tenemos una sorpresa en Benchurch antes de que amanezca.

—Oh, doctor, ¿a qué se refiere?

—A que posiblemente, no, probablemente, oiremos la campana de alarma de la casa del Juez esta noche.

Y el doctor salió del comedor con la mayor prosopopeya.

Cuando Malcolm llegó a la mansión, vio que era un poco más tarde que los otros días, pues la señora Dempster ya se había marchado, puesto que no debía saltarse ningún reglamento de la casa de beneficencia.

A Malcolm le gustó encontrar su estancia limpia y bien dispuesta, con un fuego muy vivaz y la lámpara encendida. La noche era más fría de lo que cabía esperar en abril, y soplaba un fuerte viento que adquiría fuerza por instantes, prometiendo acabar en tormenta.

Durante unos minutos, después de su entrada, cesó el ruido de las ratas; mas tan pronto como se acostumbraron a su presencia, lo reanudaron de nuevo. A Malcolm le agradó oírlas, pues aquel ruido volvió a darle sensación de compañía, y su mente retrocedió hacia el extraño hecho de que sólo callaban cuando la otra, la rata enorme de ojos cargados de odio, aparecía en el sillón. La lámpara de lectura estaba encendida y su pantalla verde mantenía el techo y la parte superior de la habitación en la oscuridad, de modo que la amable luz del hogar que se extendía por el suelo y reluda sobre el mantel blanco de la mesa, colocado a uno de sus extremos, resultaba cálido y alentador. Malcolm sentóse a cenar con buen apetito y alegre ánimo. Después de la cena y tras fumarse un cigarrillo, sentóse a trabajar, dispuesto a no permitir que nada le molestase, pues recordaba su promesa al doctor. Por tanto, estaba decidido a aprovechar el tiempo de que disponía del mejor modo posible.

Trabajó durante una hora, y luego sus pensamientos se desviaron de los libros. Las circunstancias que le rodeaban, las llamadas hacia su atención física, y sus susceptibilidades nerviosas eran innegables.

El viento se había convertido ya en una galerna, y la galerna en una tormenta. La vieja casa, pese a su solidez, se estremecía hasta sus cimientos, y la tormenta rugía y gemía a través de las innumerables chimeneas y los extraños tejados, produciendo raros sonidos en los cuartos y corredores vacíos. Incluso la gran campana de alarma del tejado padecía la fuerza del viento, pues la cuerda subía y bajaba levemente. Como si la campana se moviese de cuando en cuando. Y el extremo de la cuerda caía hacia el suelo con un sonido sordo y hueco.

Mientras Malcolm prestaba atención al ruido de la tormenta, recordó las palabras del doctor: «Es la cuerda que el verdugo usaba para todas las víctimas del rencor judicial del Juez.»

Malcolm se dirigió a la chimenea y cogió la cuerda entre sus manos para examinarla. Parecía sentir un gran interés por ella, y por un instante se perdió en especulaciones respecto a qué víctimas se habría referido el doctor, y al malévolo deseo del Juez de conservar tan malvada reliquia delante de sus ojos. De vez en cuando, el balanceo de la campana seguía elevando y bajando la cuerda. De pronto, Malcolm notó una nueva sensación, una especie de temblor de la cuerda, como si algo se moviera a lo largo de la misma.

Levantando instintivamente la vista, el joven vio a la gran rata que descendía poco a poco hacía él, mirándole con extraña fijeza. Dejó caer la cuerda y retrocedió, musitando una maldición, y la rata trepó de nuevo por la cuerda y desapareció. En el mismo instante, Malcolm tuvo conciencia de que las ratas volvían a alborotar, después de haber callado por algún tiempo.

Todo esto le hizo meditar. Pensó que no había investigado el escondite de la rata, ni examinado los cuadros, como intentaba hacer. Encendió, por tanto, la otra lámpara sin pantalla, y manteniéndola en alto, se colocó delante del tercer cuadro, a mano derecha de la chimenea, por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.

Al primer vistazo retrocedió con tanta rapidez que casi dejó caer la lámpara, y por su semblante se extendió una intensa palidez. Le temblaban las rodillas, y de su frente caían grandes gotas de sudor. Todo su cuerpo temblaba como un álamo. Pero era joven y animoso, y no tardó en recobrarse. Tras una pausa de varios segundos, avanzó de nuevo, levantó la lámpara y examinó el cuadro, ya sin polvo ni mugre.

Representaba a un juez ataviado con su toga y el armiño. Su rostro era duro, implacable, malvado, vengativo, con una boca sensual, una nariz ganchuda de color rojizo, y en forma de pico de ave de presa. El resto de la cara tenía un color cadavérico. Los ojos mostraban un brillo peculiar, con una terrible expresión de malignidad. Al contemplarlos, Malcolm quedóse helado, pues acababa de observar unos ojos iguales a los de la enorme rata. La lámpara estuvo a punto de escurrirse de entre sus manos, al divisar a la rata atisbando a través de un agujero del cuadro. Observó distraídamente que las demás ratas estaban completamente calladas. Sin embargo, trató de reanimarse y prosiguió con el examen de la pintura.

El Juez estaba sentado en un gran sillón de madera de roble, a mano derecha de una chimenea de piedra donde, en un rincón, colgaba del techo una cuerda, con el extremo enrollado en el suelo. Con una gran sensación de horror, Malcolm reconoció su propia estancia, y miró en torno suyo como esperando ver al Juez detrás de él. Luego, miró hacia el rincón de la chimenea... y tras lanzar un alarido, la lámpara se le cayó al suelo.

Allí, en el sillón del Juez, colgando detrás la cuerda, estaba sentada la rata que poseía los odiosos ojos de aquél, intensificados ahora por una expresión sumamente malvada. Aparte de los aullidos de la tormenta, reinaba un silencio absoluto.

La lámpara caída le sirvió a Malcolm para recobrarse en parte. Afortunadamente era de metal, por lo que el petróleo no se había derramado. Sin embargo, la necesidad práctica de levantarla sirvió para calmar las nerviosas aprensiones del joven. Cuando la hubo cogido, se enjugó la frente y meditó un momento.

—¡Esto no puede continuar! —murmuró atropelladamente—. Si sigo así, acabaré volviéndome loco. ¡Esto ha de terminar! Le prometí al doctor que no tomaría el té. ¡Hay que tener fe, él tiene razón! Tengo los nervios desquiciados por el estudio. Es gracioso que no me hubiese dado cuenta. Sin embargo, ahora lo sé, y no volveré a cometer locuras.

Mezcló un vaso de coñac con agua y, tras apurarlo, volvió resueltamente a su trabajo.

Llevaba casi otra hora de estudios, cuando levantó la vista del libro, perturbado por el súbito silencio. Fuera, el viento aullaba y gemía cada vez con más fuerza, y la lluvia caía y golpeaba contra las ventanas, tamborileando como granizo; pero dentro de la casa no había el menor sonido, aparte del clamor del viento y las gotas de lluvia que siseaban al caer por la chimenea. El fuego estaba ya mortecino, y no llameaba, aunque todavía ofrecía un resplandor rojizo.

Malcolm prestó oído atento, y al fin oyó un ruidito débil, casi inaudible. Procedía del rincón donde colgaba la cuerda, y le pareció oír también el crujido de aquélla contra el suelo al moverse la campana en el tejado a causa del vendaval. Sin embargo, al levantar la vista distinguió en la penumbra a la gran rata, pegada a la cuerda, royéndola... Malcolm, incluso vio algunas hebras ya sueltas. Fue entonces cuando la rata terminó su labor, y el extremo roído de la cuerda cayó sobre el suelo de roble, mientras por un instante la rata continuaba como unida a aquel extremo de cuerda, empezando a moverse atrás y adelante.

Malcolm experimentó una punzada de terror al pensar que ya no le cabía posibilidad de pedir ayuda exterior. De pronto, experimentó una intensa furia y, cogiendo el libro que estaba estudiando, lo arrojó con todas sus fuerzas a la rata. El lanzamiento estuvo bien calculado, pero antes de que el proyectil alcanzara a la rata, ésta se dejó caer al suelo con un golpe sordo. Instantáneamente, Malcolm corrió hacia allí, pero el animal huyó y desapareció en la oscuridad de la habitación. El joven comprendió que por aquella noche se había concluido su trabajo, y decidió aliviar la monotonía de su existencia dando caza a la rata, por lo que cogió la gran lámpara verde con fin de obtener un radio de luz mayor.

De este modo, la parte superior de la estancia quedó alumbrada, y bajo el mayor aporte de luz, enorme en comparación con las anteriores tinieblas, los cuadros de las paredes parecieron avanzar osadamente. Desde donde estaba, Malcolm tenía frente a si el tercer cuadro a partir de la chimenea, a mano derecha.

Se frotó los ojos muy sorprendido, sintiendo que se apoderaba de él un terror indefinible. En el centro del cuadro había un gran agujero de forma irregular, como si alguien hubiese arrancado un pedazo de tela. El fondo continuaba como antes, con el sillón, la chimenea y la cuerda, pero faltaba la figura del Juez.

Malcolm, casi gélido de terror, giró lentamente sobre si mismo, y entonces se echó a temblar como un hombre atacado por mal de san Vito.

Sus fuerzas parecieron abandonarle, y sintióse incapaz de actuar o moverse, incluso de pensar. Sólo podía ver y oír.

Allí sentado en el sillón de roble, se hallaba el Juez con su toga escarlata y su armiño, con sus malévolos ojillos mirando vengativamente, y una sonrisa triunfal en su resuelta y cruel boca, al levantar las manos con un gorro negro.

Malcolm sintió que la sangre abandonaba su corazón, en un instante de prolongado martirio. Le zumbaban los oídos. Fuera, oía el clamor de la tempestad y, a través de aquel estruendo, las campanadas de medianoche en la plaza del mercado. Durante un tiempo que le pareció interminable, estuvo clavado al suelo como una estatua, con los ojos muy abiertos, horrorizados, falto de respiración. Al sonar el reloj, se intensificó la sonrisa triunfal del Juez, ya a la última campanada de medianoche se cubrió la cabeza con la capucha negra.

Lenta y deliberadamente, el Juez se levantó del sillón y cogió el pedazo de cuerda que yacía en el suelo, pasándola por entre sus manos, como gozando con su contacto, y luego, lentamente, empezó a formar un nudo en el extremo. Después, lo apretó y probó con el pie, tirando fuerte hasta que quedó satisfecho; por fin lo convirtió en un nudo corredizo.

Empezó a avanzar a lo largo de la mesa, por el lado contrario a Malcolm, clavados en él los ojos, hasta adelantarle. De pronto, con un rapidísimo movimiento, plantóse ante la puerta.

Malcolm comprendió que estaba atrapado y trató de pensar qué podía hacer. Había cierta fascinación en los ojos del Juez, que no apartaba su vista de él, y al que, por fuerza, se veía el joven obligado a mirar. Vio cómo el Juez se le aproximaba, manteniéndose siempre entre él y la puerta, y levantaba el lazo con la malvada intención de aprisionarle.

Con un enorme esfuerzo, Malcolm se echó a un lado y la cuerda le pasó rozando, chocando contra el duro suelo. El Juez volvió a levantar el lazo y trató de apresarle, siempre con sus odiosos ojos fijos en él, pero una vez tras otra, el estudiante, gracias a un terrible esfuerzo, conseguía esquivar el nudo. Esto sucedió varias veces, sin que el Juez se desanimase nunca por sus fracasos. Más bien parecía que estuviese jugando con Malcolm como el gato con el ratón.

Desesperado al fin, Malcolm miró, acorralado, en torno suyo. La lámpara estaba bien encendida, y en la estancia reinaba una buena iluminación. Malcolm divisó, en todos los agujeros, grietas y resquicios del artesonado, los ojillos de las ratas. Y aquella visión, puramente física, le proporcionó un enorme consuelo. Volvió a tender la vista alrededor y observó que la cuerda que se elevaba hacia el techo estaba poblada de ratas. Estaba completamente cubierta por ellas, y muchas más iban surgiendo por los agujeros del techo. Finalmente, el peso de las ratas hizo que la cuerda se moviera y tocase la campana.

¡Clan... clan! El badajo empezó a chocar fuertemente contra el bronce. El sonido aún era pequeño, pero la campana no tardaría en aumentar sus balanceos.

Al oírlo, el Juez, que tenía los ojos fijos en Malcolm, los levantó, y por su rostro se extendió una expresión de maldad diabólica. Sus ojillos resplandecieron como tizones y pataleó con el pie, con un ruido que hizo temblar la casa.

Cuando volvió a levantar la cuerda, estalló un trueno horrísono, mientras las ratas corrían arriba y abajo de la cuerda, como queriendo trabajar contra reloj. Esta vez, en lugar de arrojar el lazo, el Juez se aproximó a su víctima, abriendo bien el nudo. Al acercarse más, su presencia pareció contener un «algo» paralizante, y Malcolm quedóse rígido como un cadáver. Sintió los helados dedos del Juez en su garganta, al serle ajustada la cuerda. El nudo se apretó..., se apretó hasta lo indecible. Luego, el Juez, tomando en sus brazos la forma rígida del joven estudiante, lo transportó al sillón de roble, y colocándose a su lado, levantó la mano y cogió el extremo balanceante de la cuerda. En aquel instante, las ratas huyeron chillando y desaparecieron por los agujeros del techo. Tomando el extremo de la cuerda que rodeaba la garganta de Malcolm, el Juez lo ató de nuevo a la cuerda que colgaba del techo, y después empujó el sillón...

Cuando empezó a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez, no tardó en reunirse la multitud. Aparecieron luces y antorchas, y la silenciosa muchedumbre echó a correr hacia la vieja mansión. Golpearon fuertemente a la puerta, mas no hubo respuesta. Por fin, lograron hundirla y todos corrieron hacia el gran comedor, encabezados por el doctor.

Allí vieron cómo el extremo de la cuerda de la gran campana de alarma colgaba sobre el cuerpo del estudiante, mientras que en los ojos del Juez, de nuevo en el cuadro, brillaba una maligna sonrisa.


Fin




  • Autor: Abraham Stoker.
  • Titulo original: The Judge's House.
  • Año: 1891.
  • Género: Cuento de Horror / Terror.
  • Traductor: Desconocido.
  • Arte: Ferdinand Van Kessel.

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Horacio Quiroga: El Almohadón de Plumas

El Almohadón de Plumas


Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.


Durante tres meses se habían casado en abril vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… poco hay que hacer…

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho  —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.


Fin



  • Autor: Horacio Quiroga.
  • Titulo original: El Almohadón de Plumas.
  • País: Uruguay.
  • Año: 1905.
  • Género: Cuento de Horror / Terror.
  • Arte: Johann Heinrich Fussli.

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Edgar Allan Poe: El Corazón Delator

El Corazón Delator


¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir aunque no podía verla ni oírla, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano ni siquiera el suyo hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

¡Basta ya de fingir, aullé. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!


Fin




  • Autor: Edgar Allan Poet.
  • Titulo original: The Tale-Tale-Heart.
  • Año: 1843.
  • Género: Cuento de Horror / Terror.
  • Traductor: Julio Cortazar.
  • Arte: Harry Clarke.

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Joe R. Lansdale: Perro, Gata y Bebé

Perro, Gata y Bebé


A Perro no le gustaba Bebé. Y, por cierto, a Perro tampoco le gusta­ba Gata. Pero Gata tenía uñas..., unas uñas afiladas.

Perro siempre había recibido atenciones y palmaditas en la cabeza.

—¡Toma, cómete esto! ¡Ay, qué bonito eres! Así, guapo. Dame la patita. ¡Siéntate! Así me gusta. Guapo.

Ahora estaba Bebé.

En realidad. Gata no había sido un problema.

Gata caía bien, pero la familia no la quería. A veces, a Gata le hacían carantoñas. Le daban de comer. No la maltrataban. Pero quererla de verdad, no. No del modo en que querían a Perro, antes de que Bebé llegara.

Una cosita asquerosa y rosada que lloraba.

Para Bebé eran los «ooooh» y los «aaaah». Cuando Perro trataba de acercarse a los Amos, éstos le decían:

—Fuera; ahora, no.

¿Cuándo llegaría ese «ahora»?

Para Perro nunca llegó. Ahora era siempre para Bebé. Para Perro, nada. A veces estaban tan ocupados con Bebé que pasaba todo el día antes de que le dieran de comer a Perro. A éste nunca más le han vuelto a dar cosas ricas. Ya no recuerda la última vez que le dieron una palmadita en la cabeza, o le dijeron «guapo, así me gusta».

Mal asunto. A Perro no le gusta.

Entonces, decide hacer algo.

Matar a Bebé. Así sería otra vez Perro y Gata. Ellos no quieren a Gata, y las cosas estarían bien.

Perro lo pensó. No le resultaría muy difícil despedazar a Bebé. Bebé, suave, sonrosado. Sangraría con facilidad.

A Bebé lo ponen en una cesta colgante cuando Ama sale a tender la ropa. Perro mira la cosita rosada que se mueve y piensa en despedazar­la. Piensa mucho, mucho. Y se pone tan contento de pensar que la boca se le hace agua. Perro se acerca a Bebé, y hace que ese momento tan bo­nito dure más.

Bebé ve a Perro acercarse despacio, casi arrastrándose. Bebé se echa a llorar.

Antes que Perro alcance a Bebé, Gata salta.

Gata, que estaba escondida detrás del sofá.

Gata persigue a Perro, destroza cara de Perro con dientes, con uñas. Perro sangra, intenta correr. Gata lo persigue.

Perro se vuelve para morder.

Gata hunde uña en ojo de Perro.

Perro ladra, corre.

Gata salta sobre lomo de Perro, muerde a Perro en la cabeza.

Perro trata de volver atrás y meterse en dormitorio. Gata le hunde las uñas, le clava los dientes, hace perder el equilibrio a Perro. Perro co­rre muy rápido, tan rápido como puede, se golpea contra el borde de la puerta, tropieza, cae...

Gata salta al suelo y deja a Perro.

Perro se queda quieto.

Perro no respira.

Gata sabe que Perro está muerto. Gata se lame la sangre de las uñas y de los dientes con su áspera lengua.

Gata se ha deshecho de Perro.

Gata se vuelve para mirar pasillo adelante, donde Bebé llora a gritos.

Y ahora a por el «otro».

Gata comienza a arrastrarse pasillo adelante...


Fin



  • Autor: Joe R. Lansdale.
  • Titulo original: Dog, Cat and Baby.
  • País: Estados Unidos.
  • Año: 1987.
  • Género: Cuento de Horror / Terror.
  • Arte: Trebison.

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W. W. Jacobs: La Pata del Mono

La Pata del Mono


I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

—Oigan el viento —dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

—Lo oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.

—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.

—Mate —contestó el hijo.

—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

—El sargento mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

—No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.

—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.

—Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.

—¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.

—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular —dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

—¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

—Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.

—¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.

—Se cumplieron —dijo el sargento.

—¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.

—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

—Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?

—No sé —contestó el otro—. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.

—Si usted no la quiere, Morris, démela.

—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

—¿Cómo se hace?

—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

—Parece de Las mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último —, no conseguiremos gran cosa.

—¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.

—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora.

—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.

—Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.

—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.

—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.

—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.

—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

—Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

—Lo siento… —empezó el otro.

—¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.

—Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.

—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

—La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

—Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

—Doscientas libras —fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.

—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

—La quiero. ¿No la has destruido?

—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

—Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

—¿Pensaste en qué? —preguntó.

—En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno.

—¿No fue bastante?

—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

—Dios mío, estás loca.

—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

—Fue una coincidencia.

—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…

—¡Tráemelo! —gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta—. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

—¡Pídelo! —gritó con violencia.

—Es absurdo y perverso —balbuceó.

—Pídelo —repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

—Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

—¿Qué es eso? —gritó la mujer.

—Un ratón —dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

—¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

—¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.

—¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

—Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.

—¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.


Fin



  • Autor: William Wymark Jacobs.
  • Titulo original: The Monkey's Paw.
  • País: Reino Unido
  • Año: 1902.
  • Género: Cuento de Horror / Terror.
  • Traductor: Desconocido.

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